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Proliferan los eventos de networking que favorecen el contacto directo de las empresas con sus clientes y que, a su vez, facilitan a los asistentes establecer sus propios contactos y obtener así su cuota de rentabilidad; los eventos de formación, en los cuales la empresa organizadora se presenta ante sus clientes como partner; los eventos, en definitiva, generadores de negocio tanto para los convocantes como para los convocados.
El quid pro quo parece ser la fórmula magistral de la comunicación de la empresa. Ha conseguido que, en un entorno laboral caracterizado por la escasez de tiempo y el ritmo vertiginoso, los convocados, tras una jornada laboral de ocho y nueve horas, lleguen a sus casas y, en lugar de enfundarse el pijama, se acicalen y se trasladen a varios kilómetros de distancia para acudir a un evento. En la actualidad, algunos encuentros ni siquiera requieren la presencia física de todos los participantes, pues éstos pueden realizar un seguimiento en vivo y en directo a través de la tecnología aplicada a los eventos, como es el caso del streaming.
Los eventos son ideas al servicio de unos objetivos. La definición, quizá un tanto imprecisa, pone de relieve la importancia de los objetivos y supedita las acciones al logro de éstos. La finalidad es el eje sobre el que debe girar un acto. Un encuentro que no pretenda transmitir un mensaje no tendrá razón de ser.
También en el número de asistentes, que se acercó a los tres millones y medio de participantes, se apreció un aumento de más de un 13%. Por sectores, destacaron el médico-sanitario y el económico-comercial, que constituyeron casi el 41,2% del total de las reuniones.
En 2013, según esta misma fuente, acudieron a los destinos españoles casi un millón de visitantes de otros países, en concreto 991.697, que constituyeron el 28,9% del total de participantes en congresos, convenciones y jornadas celebradas. La afluencia de asistentes extranjeros aumentó en unas 50.000 personas en comparación con el año anterior, lo que nos lleva a situar a España como punto neurálgico de concentración de eventos.
En cualquier caso, no podemos olvidar que el fin último de todo evento es vender. El componente comercial es inherente a cualquier encuentro de esta naturaleza.
De ahí, que resulte imprescindible medir su impacto, de lo contrario estaríamos convirtiéndolos en simples gastos. Hay que saber rentabilizar las acciones. Y para ello todas las estrategias que desarrollemos deberán estar destinadas a alcanzar los objetivos que haya marcado en la estrategia de comunicación de la empresa.
Carmen Cuadrado y Ruth Rodríguez Cuadrado

